Una historia detrás del proyecto ANIMA Educa

Nos emocionó a todos leer la nota del diario El País sobre Augusto Estefan. Su historia contagia y nos invita a seguir soñando. Es un placer enorme tenerlo en el equipo y aportar nuestro granito en el proyecto de ANIMA Educa, para seguir apostando a la transformación humana.

Aclaración: esta nota es tomada del diario El País y escrita por el periodista Tomer Urwicz. Leela a continuación.

 

“Me embolo. Me aburro. Los profes solo hacen dibujitos en el pizarrón y yo no hago más que calentar el banco. Además el pibe que se sienta a mi lado no para de molestarme. Me aburro. Cuando miro el reloj, las agujas no se mueven. Para mí que alguien las pegó con cemento, ese cemento pedorro que consumen los ‘chicos malos’ del barrio. Yo no consumo, pero creo que ni el cemento me saca este embole. Mañana tengo Dibujo a última hora. No pienso traer la tabla. Mejor me rajo. Esto es una masa”.

Si los pensamientos de Augusto Estefan fueran palabras, escribirían algo así. Al menos esto es lo que pasaba por su mente cuando abandonó el liceo de su barrio, Colón, en cuarto año. Las clases eran tan poco atractivas que, muy a pesar de la insistencia de su madre soltera, se convirtió en“ni ni” -como le dicen despectivamente a los adolescentes que no estudian ni trabajan.

“Qué de más. Tengo que armar el bolso porque en un rato viajo a Buenos Aires a representar a Pyxis, la empresa en la que brindo soporte informático. Estoy un poco nervioso, la única vez que salí del país fue en el viaje de graduados del bachillerato. ¿Ya puse los libros? Porque la otra semana tengo parcial en la carrera de Analista de Sistemas en la Universidad ORT. Igual esa materia la salvo de taquito, me gusta”. Algo así está en la cabeza de Augusto habiendo pasado cuatro años de aquella deserción liceal. En el medio hubo una madre dispuesta a ayudarlo, un bachillerato tecnológico y diferente que le dio una mano, y unos empresarios que entendieron que el futuro de este joven, como de otros tantos, es responsabilidad de toda la sociedad.

Para hacer corto el cuento, a los tres meses de haber abandonado cuarto año, la mamá de Augusto se enteró por la radio de que se venían las Jornadas Informáticas. Ella estaba al tanto de que su hijo soñaba con ser arqueólogo, pero también sabía que el adolescente no se iba a resistir a conocer por adentro las principales empresas de TIC. Y lo convenció. Al año siguiente, Augusto estaba inscripto en el bachillerato tecnológico Ánima, una institución de gestión privada pero acceso gratuito, que capta a estudiantes en situación de vulnerabilidad social y que quieren especializarse en Administración o en Tecnología de la Información.

¿Una UTU? No. En todo caso el modelo uruguayo al que apunta la UTU. Es que en Ánima los estudiantes están en una clase “convencional” el 80% del tiempo y el restante 20% lo pasan en un trabajo. O, como dice la directora de la institución, Ximena Sommer, “el mercado de trabajo está articulado con el estudio, es parte”. Los técnicos lo llaman “educación dual”.

Si Finlandia es la vedette de la educación moderna, Singapur es la vedette de la enseñanza en Matemática y Alemania lo es en este tipo de estudio. Siete de cada diez adolescentes alemanes optan por la educación dual. El sistema está tan extendido en ese país europeo que aquellas empresas “de porte” que no ofrecen plazas para formar alumnos, deben pagar un impuesto extra.

Sommer corrige: “Las empresas no ofrecen plazas, sino que se comprometen a ser parte de la formación de los jóvenes independientemente de puestos vacantes. Esto no es una ‘mano de obra barata’, sino es enseñar a otro, ofrecer un tutor que acompañe al alumno y, sobre todo, dar oportunidades”.

Cuando Augusto se aburrió del liceo, en 2015, pensó en salir a trabajar. Pero, salvo para las changas, en el resto de empleos le exigían experiencia. “Durante quinto y sexto de bachillerato en Ánima ya vas obteniendo esos famosos dos años de experiencia laboral que luego te exige el mercado, y encima en mi caso ni bien egresé me contrataron”, dice orgulloso el joven que con 20 años ya fue a representar a Pyxis en Argentina y estudia una carrera universitaria en informática.

Esa experiencia laboral le dio, además, un certificado con la firma de los evaluadores. Un “plus” al título de bachiller.

Hay otro certificado que, dice Augusto, no cabe en un diploma: “Aprendí a salir de mi barrio, a moverme por el Centro, a cumplir un horario, a administrar mis primeros sueldos (como estudiante ganaba $ 6.000 por 12 horas de trabajo a la semana), comprendí que en el verano, si me llevaba menos de dos materias a examen podría hacer más horas en el trabajo y reconocí que mi verdadero sueño no era ser arqueólogo, sino ingeniero. En eso estamos”.

 

Fuente: www.elpais.com.uy